Esp.
Mientras pensaba este festival, durante las vacaciones, fui sorprendido por una noticia (una escueta columna en la sección deportes), conmovedora: Un joven, nacido hace 21 años en Pretoria (paradoja: asociamos el término a los pretorianos: soldados de la guardia del emperador de la Roma clásica…), en Sudáfrica, reclama por su participación en los Juegos Olímpicos de Pekín. La Federación Internacional de Atletismo, institución encargada de dar el visto bueno, argumenta que la presencia del competidor sudafricano dejará en desventaja al resto de los participantes… por el momento nada nos conmueve… la noticia remata en el dato que redefine la anécdota: el atleta nació sin los huesos que unen sus rodillas con los tobillos; siendo amputado hasta las rodillas cuando tenía 11 meses, hoy se vale de prótesis de fibra de carbono.

La lectura de la noticia me sorprendió repensando el valor de las instituciones tradicionales, en la civilización que nos contiene y en el uso de las nuevas tecnologías.

La instituciones creadas durante la modernidad, bajo el grito de Igualdad, Fraternidad y Libertad, a las que agrego Felicidad, intentan sostenerse iguales a pesar de los cambios evidentes devenidos en los últimos tiempos. Cada vez que recordamos ese grito pensamos que sería imposible vivir sin él como espíritu impulsor, pero ¿de qué manera se nos hace cuerpo?

Cuando el Estado y las otras instituciones políticas modernas actúan en el ámbito de la cultura han de entender que su función es la de facilitador, ya que el arquitecto es la comunidad, y que los réditos son de y para ella. La cultura ha de definirse como sinónimo de ciudadanía, como constructor de esfera pública, todo esto con la comunidad.

Este Festival, bien llamado Tratado de Integración, pone en discusión, confrontando con las pasadas estructuras, nuevas formas de relación con el mundo. Funcionando como laboratorio, donde podamos experimentar la experiencia ética y estética. Un laboratorio pone en juego nuevas formas vinculares, esquemas utópicos de sustitución y reemplazo, permitiendo el aggiornamiento de las instituciones pre-existentes. Esta vez juntos, en comunidad, abasteciendo cuerpo a aquel espíritu impulsor.

El término Festival nos conduce a pensar un evento, en donde una comunidad dada logra poner en crisis la situación hasta el momento dominante, pero no invistiendo una nueva piel para la vieja ceremonia, sino disponiendo de un vestido acorde y desarrollado a la par de tal fin. Este Festival pide una TREGUA, quiere ser una fiesta, donde seremos comunidad, seremos ciudadanía.

Marcelo F. A. del Hoyo
Neuquén – enero 2008